Los pájaros de arcilla volaron sobre el Cerro Almodóvar

Lejos ha quedado el Vallecas que Benjamín Palencia y Alberto Sánchez escogieron para sus rituales iniciáticos. Los libres campos de Castilla que desde el Cerro Almodóvar prometían un principio constructor de sueños, ahora han perdido su memoria entre escombros y selvas de hormigón; y el vacío que debía ser llenado con poesía y arte, ha cedido el paso al ruido y el desasosiego de la deshumanización del suburbio. El pasado 20 de octubre otros soñadores, en recuerdo de aquellos que imaginaron monumentos a los pájaros en la cima del cerro, marchamos en reivindicación de su memoria, que es la nuestra, a través del camino que hicieron sus pasos entre Atocha y el cielo vallecano, en lo que fue un viaje emocional y a contracorriente del tiempo que nos toca vivir, porque allí, en la planicie del cerro desmochado, hicimos volar esos pájaros, hechos con la arcilla arrancada del monte, para evocar o incluso invocar el espíritu de aquel tiempo perdido. Allí, con nosotros, se hallaban, además de Benjamín y Alberto, Miguel Hernández, Maruja Mayo, José Bergamín, Rafael Alberti, Pablo Neruda, Federico García Lorca, Juan Manuel Díaz Caneja, Antonio Rodríguez Luna, José Moreno Villa, Nicolás de Lekuona, y tantos otros poetas, escultores, pintores, fotógrafos, arquitectos, periodistas e intelectuales, que deseaban alumbrar un mundo nuevo, partiendo del paisaje elemental y descarnado del campo de Vallecas, de una luz cegadora, que los ojos surrealistas de Benjamín Palencia y Alberto Sánchez convirtieron en principio creador. La tierra desnuda, de colores áridos, bajo su dura luz, no era sino la raíz de nuestros orígenes, esa esencia perdida en la gran ciudad, que la conectaba con el cielo a través del vuelo de los pájaros. Por ello Alberto ideó un “monumento a los pájaros”, destruido en los bombardeos de la Guerra Civil, que debía ser colocado en lo alto del cerro Almodóvar, en el mismo lugar donde ya en 1927 él y Benjamín habían dejado su “monumento a los plásticos vivos”, un humilde cubo sobre cuyos lados escribieron sus nombres, además de los grandes del arte que les habían precedido y los contemporáneos que, como ellos, estaban moldeando el germen del nuevo pensamiento: Eisenstein y sobre todo Picasso, alquimistas de la imagen y de la emoción primaria. Miguel Hernández le dedicó estos versos: “Es el único escultor del rayo, el único que graba el color de la madrugada, el único que ha hecho un monumento a los pájaros y una estatua al bramido”. Sobre ese mismo lugar nos concentramos para despertarle del olvido, volvimos a colocar en un improvisado armazón de madera los pájaros de su sueño, y, mientras un milano sobrevolaba la escena, leímos un manifiesto rememorando la poesía de la Escuela de Vallecas, que el propio Alberto y Benjamín Palencia fundaron.

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