Los pájaros vallecanos beben en Luis Felipe Vivanco

17 Julio 2018

HOMENAJE A LA ESCUELA DE VALLECAS
Los pájaros vallecanos beben en Luis Felipe Vivanco

Jesús López | Vallecasweb

El legado poético de Luis Felipe Vivanco permanece parcialmente sumergido a la espera de su reivindicación en un ejercicio honesto por parte de la minoritaria legión lectora de poesía. Sepultado bajo el sepulcro pétreo del olvido, su obra emerge en una latente palabra que transmite esa cosmovisión paisajística de la tierra castellana imbricada con un depurado aroma de vanguardia, muy cercana a los postulados estéticos de la Escuela de Vallecas, origen de su intenso aliento lírico. No obstante, a pesar de su inmerecido arrinconamiento, su monumental obra se puede contemplar en la cuidada edición de Trotta, recogida de la mano de Pilar Yagüe y José Ángel Fernández Roca.

Bien es cierto que, sobre la figura de Luis Felipe Vivanco, siempre ha pesado como una losa su adscripción al Movimiento, en un momento de extrema debilidad espiritual, debida a la influencia de su amigo Luis Rosales y a la presión de parte de su propia familia. En cambio, este católico republicano de izquierdas, sobrino de José Bergamín, tal como suscribe Rafael Gullón en su artículo Luis Felipe Vivanco joven, pensaba que la única solución para acabar con el desorden y el clima de violencia en ese Madrid prebélico consistía en apoyar a los partidarios de Quinto Regimiento. Incluso es notoria la anécdota recogida por Juan Luis Cano, en Los cuadernos de Velintonia, referida a los últimos momentos del poeta, cuando su hijo —escoltado policialmente y esposado por su comprobada pertenencia al grupúsculo marxista-leninista del FRAP—, acudió al hospital para dar el postrero beso a su padre en el lecho, que yacía inconsciente a las puertas de la muerte. Pirueta ideológica del destino con un hombre que, atormentado por su error, abjuró desde el primer momento de los derroteros totalitarios que tomó el Régimen franquista.

Por lo tanto, —recogiendo otra sentencia del propio Vivanco, nuevamente por su amigo Gullón: “Poco hemos aprendido si no sabemos que no es el color de la camisa lo que importa”— sería prudente dejar de lado las disquisiciones políticas para destacar el fértil parentesco que forjó con la Escuela de Vallecas; integrándose dentro de la misma, no solo por su concepción artística similar tanto en la forma como en el contenido, sino también por la red de relaciones que estableció con otros miembros de la propia Escuela.

Luis Felipe Vivanco —de pie a la derecha—, con Pablo Neruda y Luis Rosales.

Luis Felipe Vivanco —de pie a la derecha—, con Pablo Neruda y Luis Rosales.

El primer testimonio que se puede recabar viene de la memoria del gran Alberto, el titán telúrico, en su texto dictado en Moscú, en el verano de 1960, a su cuñado Luis Lacasa, publicado dos años después de la muerte del escultor. En ese documento principal sobre la Escuela de Vallecas, Alberto cita a Vivanco junto a otros jóvenes estudiantes de arquitectura que le acompañaban de vez en cuando “al campo de acción del cerro de Vallecas”.

Asimismo, también fraguó una intensa camaradería con otro de los miembros fundacionales de la Escuela, Benjamín Palencia. Como crítico de arte, Vivanco publicó algunos escritos sobre la obra del pintor, incluso el propio Benjamín fue el encargado de realizar las ilustraciones para el libro Las hadas de Villaviciosa de Odón, de María Luisa Gefaell, mujer del poeta, que obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1952.

Además, Vivanco mantuvo una ceñida relación con Herrera Petere desde la niñez, al coincidir tanto en el colegio marianista de Nuestra Señora del Pilar, como en los oxigenados veraneos de Cercedilla. Ambos fundaron a principios de la década de los 30 una revista de tendencia surrealista de efímera duración, con el título de Extremos a que ha llegado la poesía española. Con respecto a Herrera Petere, también cabe destacar el poema que le dedicó Vivanco, recogido en Poemas en prosa (1923-1932), en el que el paisaje vivido se convierte en motivo de vivencia ‘extática’, muy acorde con las propuestas artísticas de la Escuela de Vallecas.

Libro de María Luisa Gefaell con dibujos de Benjamín Palencia.

Libro de María Luisa Gefaell con dibujos de Benjamín Palencia.

María Luisa Gefaell, joven.

María Luisa Gefaell, joven.

No se puede dejar de lado el vínculo que unió a Vivanco con Miguel Hernández. Aunque no se trate de una sólida amistad, sí se contempla una fructífera colaboración, como así consta en la correspondencia del poeta de Orihuela, en una carta fechada en enero de 1935, donde Miguel le pide a Vivanco las traducciones del poeta francés Claudel, que terminaron publicándose en la revista “El Gallo Crisis”, dirigida por el llorado Ramón Sijé.

Por último, es importante reseñar los fuertes lazos que le ligaron con Rafael Alberti, responsable último, según cierta parte de la crítica, de la filiación de Vivanco con la tendencia estética de la Escuela de Vallecas mediante los paseos artísticos que realizaron juntos hasta el cerro Almodóvar. Este preciado apego se recoge en el extraordinario manual del propio Vivanco, titulado Introducción a la poesía española contemporánea. En este ensayo literario aparece un epígrafe dedicado al libro de Alberti, Sobre los ángeles, cima de la poesía española de vanguardia, junto a Poeta en Nueva York de Federico García Lorca. En este análisis, Vivanco escribe sobre la honda crisis amorosa y espiritual del poeta gaditano, surgida a raíz del desencuentro con Maruja Mallo, la mano femenina de la Escuela de Vallecas. Luis Felipe analiza que esa crisis existencial produjo en Alberti el alejamiento de la fe en Dios para acercarle a una fe en el hombre y en la sociedad futura, adquirida por su militancia comunista.

Miguel Hernández es el primero de pie, por la izquierda. A continuación, Juan Panero, Luis Rosales, Antonio Espina, Luis Felipe Vivanco, Rafael Montesinos, Arturo Serrano Plaja, Pablo Neruda, Leopoldo Panero. Sentados: Pedro Salinas, María Zambrano, Enrique Díez-Canedo, Concha Albornoz, Vicente Aleixandre, Delia del Carril y José Bergamín. Sentado en el suelo, Gerardo Diego.

Miguel Hernández es el primero de pie, por la izquierda. A continuación, Juan Panero, Luis Rosales, Antonio Espina, Luis Felipe Vivanco, Rafael Montesinos, Arturo Serrano Plaja, Pablo Neruda, Leopoldo Panero. Sentados: Pedro Salinas, María Zambrano, Enrique Díez-Canedo, Concha Albornoz, Vicente Aleixandre, Delia del Carril y José Bergamín. Sentado en el suelo, Gerardo Diego.

Portada de “Sobre los ángeles”, de Rafael Alberti.

“Pájaro bebiendo agua”, escultura de Alberto Sánchez.
“Pájaro bebiendo agua”, escultura de Alberto Sánchez.

Como conclusión, resulta ineludible citar el texto de referencia que demuestra fehacientemente la adhesión de Vivanco con los fundamentos artísticos vallecanos en su poema “Pájaro bebiendo agua”, título homónimo de la escultura creada por Alberto, a finales de 1956. Estos versos encomiásticos fueron publicados en 1971 por la Revista Litoral, que homenajeaba la figura del escultor-panadero. Destaca, aparte de la alabanza a gran Alberto, el recuerdo de los campos vallecanos y de su amistad con Petere, Benjamín, Segarra o Caneja. Profundo alegato de un poeta, capaz de reconocer la influencia del espíritu cultural de la Escuela de Vallecas, como se muestra a continuación en los siguientes versos.

En los campos terciarios de Vallecas perdemos
nuestros ojos de antes como niños enfermos.
Petere se entusiasma de chispas verde-yeso,
Caneja vibra al ritmo de tesos y de oteros,
Segarra afina el silbo despejado del viento
y Benjamín Palencia, tirado por el suelo,
busca frescas materias que le alegren los dedos.
Yo también, contagiado por la amistad, aprendo
las distancias que asume, tan pequeño de cuerpo,
tu pájaro bebiendo.

(*) Vallecasweb quiere agradecer a la Mesa de Cultura de la Villa de Vallecas y el Club de Poesía ViVa su colaboración en la elaboración de este reportaje histórico.

(*) En la imagen que abre esta información: Luis Felipe Vivanco, poeta de la Escuela de Vallecas.

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